jueves, 7 de mayo de 2020

Trabajo Práctico Unidad 2 (colgar antes del 30 de mayo)


Una de las cuestiones más debatidas en los últimos 25 años es el papel volátil  de las clases medias frente al neoliberalismo en nuestro país. Fenómenos como el apoyo electoral a las políticas menemistas y la posterior rebelión contra el gobierno de De la Rúa, el apoyo y el enfrentamiento a los gobiernos kirchneristas,  el apoyo y progresivo descontento frente al gobierno de Macri, y el actual apoyo al gobierno de Alberto Fernandez en esta situación tan delicada,  muestran un errático posicionamiento político de clase. Fenómenos como las asambleas barriales, los ahorristas estafados, y los cacerolazos de claro contenido clasemediero desafía los esquemas analíticos vistos en esta unidad. Conteste al menos dos de alguna de estas:
1  1) ¿Cómo entenderían la volatilidad de la clase media frente a los gobiernos neoliberales los enfoques neoweberianos (elija uno, Parsons, Dahrendorf, Parkin)?
    2) ¿ Cómo entenderían la volatilidad de la clase media frente a los gobiernos neoliberales los enfoques neomarxistas (elija uno, estructuralista, historicista, marxismo analítico, constructivismos)
    3)¿Cómo analizar de acuerdo a Dahrendorf el tema de los CEOs y la gran burguesía en nuestro país?. Proponga ejemplos.
    4) ¿Cómo analizar las políticas de exclusión social neoliberales en términos de “cierre social” y “usurpación” de Parkin?. Proponga ejemplos.
    

11 comentarios:

  1. 1) ¿Cómo entenderían la volatilidad de la clase media frente a los gobiernos neoliberales los enfoques neoweberianos (elija uno, Parsons, Dahrendorf, Parkin)?

    Giddens (1979) afirma que las clases deben considerarse como un agregado en gran escala de individuos compuesto por relaciones definidas impersonalmente y nominalmente abierto en su forma. Creo que en Argentina no puede hablarse de una clase media sino de clases medias distintas, con diferentes estrategias y recursos.
    El neoliberalismo somete a una presión extra a las clases medias para sostener su posición en el espacio social (Bourdieu, 2003), pero sin embargo son, al menos en parte, sus votos los que llevan al neoliberalismo al gobierno. Esta contradicción entre la estructura de clases derivada del sistema productivo y su accionar político, puede ser abordada desde la propuesta de Parkin (1984), quien afirma que los conflictos raciales, étnicos y religiosos se han desplazado hacia el centro de la escena política en varias sociedades industrializadas, por lo cual, cualquier modelo general de clases o de estratificación que no incorpore este hecho acaba perdiendo toda credibilidad.
    La explicación usual de que se trate a los trabajadores manuales de niveles intermedios bajos como a elementos integrantes de una clase dominante resulta de que esos grupos se han identificado tradicionalmente con los intereses del capital y de las áreas provistas de autoridad, en lugar de hacerlo con los intereses del trabajo organizado. Pero por diversas razones esa identificación es más fácil de conseguir en la esfera de la empresa privada que en la del sector público. Los empleados del sector público no tienen las mismas oportunidades que los del sector privado para transferir sus capacidades y servicios a empleadores distintos y en competencia entre sí (Parkin, 1984).
    La mayor parte de las explosiones reivindicativas de los trabajadores no manuales en la última época se produjo en el sector público. La inflación y sus consecuencias parecen agudizar la distinción entre el empleo público y privado (Parkin, 1984).
    Por este motivo es posible pensar que la volatilidad de las clases medias durante el neoliberalismo es un proceso complejo y diverso en sí mismo. Las clases medias ligadas al mundo empresarial privado que pueden adscribir a la

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  2. ideología política del neoliberalismo por las razones expuestas por Parkin (1984) sufren procesos de desintegración como clase distintos a los sectores medios ligados al trabajo organizado históricamente o al sector público.
    Carchedi (citado en Parkin, 1984) afirma que la identificación de las clases en el plano productivo debe completarse con un análisis que tome en cuenta los determinantes simbólicos y de comportamiento de las mismas. Esto se explica porque, más allá de la precisión con la que se establezcan las categorías taxonómicas de clase todo parece indicar que grupos sociales de importancia actúan en desacuerdo con ellas. Por ejemplo, determinadas capas de la clase obrera que, desde el punto de vista de las relaciones de producción pertenecen al proletariado, en el terreno político e ideológico se convierten en parte de la pequeña burguesía. Es necesario insistir en factores normativos y culturales que ocupen el lugar correspondiente en el modelo general de explicación de la división de clases. Estos factores no son exlusivos de autores neoweberianos ya que el neomarxismo introduce una serie de consideraciones que establecen un camino para los efectos diversos de la política y la ideología.
    Es conveniente aplicar un marco de ideas único para conducir la reflexión sobre la desigualdad estructural en todos los aspectos, por lo cual hay que conceder tanta atención teórica a las divisiones internas de las clases como al problema de los límites, es decir que la identificación de los límites de las clases y las comunidades debe abordarse como dos aspectos de un mismo problema.
    Giddens (1979), desde una postura neomarxista afirma que la estabilidad de la sociedad capitalista depende del mantenimiento de un aislamiento de la economía y de la política en forma que las cuestiones de organización industrial aparezcan como “no políticas”. Esta conocida estrategia política del neoliberalismo consigue seguidores en el mundo empresarial, por lo cual, ante el conflicto desatado por las políticas neoliberales en tanto subsistencia como clase no lleva, al menos no necesariamente, a conseguir una conciencia de clase de primer grado, acorde a la posición de los individuos y los grupos en la estructura productiva y acorde a las relaciones que tienen con la propiedad privada.
    A modo de hipótesis para explicar la volatilidad de la fragmentada clase media durante los gobiernos neoliberales se propone centrar el análisis en las

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  3. formas de racismo que son sin duda las más sutiles, las más irreconocibles y, por tanto, las menos denunciadas, quizá porque los denunciadores habituales del racismo poseen algunas de las propiedades que inclinan a esta forma de racismo. Me refiero al racismo de la inteligencia. El racismo de la inteligencia es un racismo de clase dominante que se distingue por una mul¬titud de propiedades de lo que se designa habitualmente como racismo, es decir, el racismo pequeñoburgués (Bourdieu, 1978). Un factor cultural como el racismo de la inteligencia puede explicar una estructura de clases que actúen de forma contradictoria en lo político e ideológico respecto a su posición en la estructura de clases derivada del modo y de las relaciones de producción.
    Este racismo es propio de una clase dominante cuya re¬producción depende, en parte, de la transmisión del capital cul¬tural, capital heredado que tiene la propiedad de ser un capi¬tal incorporado y, por tanto, aparentemente natural, innato. El racismo de la inteligencia es lo que utilizan los dominan¬tes con el fin de producir una “teodicea de su propio privile¬gio”, como dice Weber, es decir, una justificación del orden social que dominan. Es lo que hace que los dominantes se sien¬tan justificados de existir como dominantes, que se sientan de una esencia superior. Para sostener esa esencia, ciertos grupos de las clases medias optan por aumentar la distancia relativa con otros grupos a los que identifican como inferiores, aunque el resultado, ya conocido es la pérdida de las posiciones adquiridas por las clases medias, principalmente en el campo económico.
    Los enfoques neoweberianos, en particular el de Parkin (1984), invitan a pensar una estructura de clases que pueda ser explicado por varios factores, que no deriva exclusivamente de las relaciones de producción. Las clases medias perdieron en la distribución de recursos y oportunidades durante el neoliberalismo por tener un accionar político contradictorio con sus relaciones de producción. La propuesta neoweberiana de introducir factores explicativos culturales y normativos da la pauta de que una especie de racismo de la inteligencia pueda resultar un factor explicativo de la estructura de las desigualdades de clase en Argentina y de la volatilidad de las clases medias ante un Estado que alienta nuevas formas de cierre social.

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    1. Respecto de la consigna 1. Por supuesto que la objeción de “las clases medias” en plural es válida, pero no anula el hecho de la volatilidad de preferencias políticas: muchos sectores de clases medias que habían apoyado unas políticas luego apoyan las contrarias. Por tanto la heterogeneidad de posiciones no es explicativa, ya que las orientaciones y posicionamientos políticos son variables en el tiempo.
      Es certero el señalamiento de la diferencia entre las clases medias del sector privado y las clases medias del sector público, siguiendo a Parkin. Los empleados del sector público no tienen las mismas oportunidades que los del sector privado para transferir sus capacidades y servicios a empleadores distintos y en competencia entre sí y por tanto sus recursos de cierre social se ciñen a la estabilidad en el trabajo más que en los salarios. Sin embargo, en nuestra historia reciente hay empleados de varios sectores públicos que han apoyado bastante monolíticamente gobiernos conservadores (poder judicial, militares, burocracias de administraciones públicas de algunas provincias) y otras fracciones de pequeña burguesía autónoma profesional o de sector privado han apoyado entusiastamente gobiernos progresistas (sectores pymes industriales, artistas, industrias culturales). Otros han sido basculantes: empleados de empresas públicas como Aerolíneas Argentinas, y hasta los sectores científicos y de la cultura se han dividido en muchas coyunturas. Parece haber ciclos de apoyo y desencanto.
      Es para discutir pero considero que la postura neomarxista que afirma que la estabilidad de la sociedad capitalista depende del mantenimiento de un aislamiento de la economía y de la política en forma que las cuestiones de organización industrial aparezcan como “no políticas”, es poco aplicable a la argentina. No tanto por el poder sindical en la empresa que es mayor aquí que en otros países, sino porque la mayor parte de los factores que integran la ecuación de rentabilidad de las empresas dependen de condiciones eminentemente políticas cuando no directamente de subsidios directos o indirectos del estado (tipo de cambio, tarifas, protección arancelaria, etc.). La mayor parte de la gran industria metalmecánica por ejemplo depende casi por completo de políticas económicas que están decididas a nivel de la autoridad política estatal. Por tanto, en nuestro país habría que pensar sobre una fuerte politización de la lucha de clases.
      Por último, el recurso al “racismo de la inteligencia” forma emblemática del cierre social por capital cultural. Es muy importante: las clases medias suelen arrogarse el derecho privilegiado a decidir sobre los asuntos públicos justamente por esto: las clases populares son “ignorantes”, “manipulables”, solo los ciudadanos ilustrados son verdaderamente libres de conciencia. La importancia que todxs dan al capital educativo coadyuva a reforzar este efecto. Además se acopla a una etnización de la inteligencia: son los descendientes de inmigrantes europeos los más educados. Con ello se logra una suerte de doble cierre social. Como veremos más adelante la identidad de clase media se alimenta en buena medida de estos dispositivos de cierre social.

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  4. 2) ¿Cómo analizar las políticas de exclusión social neoliberales en términos de “cierre social” y “usurpación” de Parkin? Proponga ejemplos.

    Para Weber (citado en Parkin, 1984) el cierre social es el proceso mediante el cual las colectividades sociales buscan ampliar al máximo sus recompensas limitando el acceso a los recursos y oportunidades a un número restringido de candidatos. Esto supone la necesidad de designar ciertos atributos sociales o físicos como bases justificativas de tal exclusión. La forma de estas prácticas excluyentes y el alcance del cierre social determinan el carácter general del sistema distributivo.
    Parkin propone extender la noción de cierre social para abarcar otras formas de acción social colectiva destinadas a ampliar el máximo la adquisición de recompensas y oportunidades. De esta manera, las estrategias de cierre social también incluyen las estrategias adoptadas por los propios excluidos como respuesta a su posición de extraños.
    El rasgo específico del cierre social excluyente es la pretensión por parte de un grupo de asegurarse una posición privilegiada a expensas de otros grupos mediante un proceso de subordinación. Esto constituye una forma de acción colectiva que da lugar a la categoría social de los rechazados.
    La acción de respuesta de los rechazados en sentido de obtener una participación mayor en los recursos siempre suponen una amenaza a los privilegios de los legalmente definidos como superiores. Se trata de una forma de acción que tiene como objetivo el usurpar. Exclusión y usurpación aparecen como los dos tipos principales de cierre social.
    El proceso de formación de clase y de reproducción social de la burguesía es diferente de las precedentes porque las condiciones de admisión a la categoría de miembro son, al menos en principio, accesibles a todos. En las sociedades capitalistas modernas los dos dispositivos principales de exclusión que la burguesía emplea para formarse y mantenerse como clase son, primero las instituciones que rodena a la propiedad y, en segundo lugar, las calificaciones y méritos académicos y profesionales. Cada uno representa un conjunto de ordenamientos legales para restringir el acceso a las recompensas y los privilegios. Los dos grupos de beneficiarios de esas prácticas de exclusión mantenidas con ayuda del Estado se pueden considerar como los componentes básicos en el capitalismo moderno.

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  5. Según el punto de vista de quienes disfrutan de beneficios gracias a la propiedad o a los títulos, la usurpación basada en la amenaza de sanciones resulta ilegítima por cuanto no se adecúa a ningún principio de justicia distributiva. Las normas de asignación establecidas por el mercado se entienden autorreguladas en la medida en que las leyes de la oferta y la demanda limitan la cantidad de recompensa que le corresponde a cada grupo.
    Las políticas de exclusión neoliberales, como pueden ser las políticas públicas llevadas adelante en términos de “desarrollo social” son un ejemplo del sostén del cierre social por parte del Estado porque se afirman en un plano formal en la ideología liberal de la igualdad de oportunidades pero en la realidad objetiva promueven la reproducción social de las clases social a la vez que dificultan el desarrollo de estrategias de usurpación colectivas. La exclusión regulada por determinadas políticas públicas asegura que ciertos grupos y clases no lleguen a desarrollar estrategias de usurpación que amenacen la estabilidad de la propiedad privada y el acceso a las credenciales educativas.

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    1. Acá la respuesta a la consigna 4 se me hace un tanto genérica. Hay poca especificidad. En realidad las políticas de transferencias a organizaciones en los años 90 y luego de la crisis del 2001, como Los planes Trabajar, Jefas y Jefes, etc. han motorizado las acciones de usurpación (cortes de ruta) y no las de cooptación. Son las mismas políticas focalizadas y de empoderamiento de la pobreza del Banco Mundial las que hicieron de ventana de oportunidad para que se desarrollaran organizaciones populares capaces de acción colectiva “usurpadora”.

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  6. Pregunta 1: Tomando a Dahrendorf (1979) asoma una correlación inestable entre las situaciones estructural y social de la clase media argentina. A partir del incremento del peso relativo de la economía de servicios en los ‘90, con su impacto en la forma de inserción laboral y desarrollo profesional; y considerando a las empresas como asociaciones de dominación, por cuanto la moderna horizontalidad de organigramas actualiza las relaciones laborales de autoridad, es pertinente hablar de una internalización de la forma piramidal de vinculación con el otro, en los posicionamientos políticos de clase. Paralelamente, la consolidación de las instituciones de contención del conflicto social, pretendida a partir de la recuperación de los gobiernos constitucionales; y, a la vez, la fugacidad de los partidos políticos, derivada del agotamiento histórico de la UCR y el PJ, hacen oportuno hablar de una crisis de legitimidad de los liderazgos. En términos del autor, la clase media parece haber reforzado su interés objetivo, mediante la expansión de las carreras laborales en la economía de mercado, simultáneamente a la devaluación de su interés subjetivo, traducido en la inestabilidad pendular de sus posiciones políticas. Hay una constancia en los intereses latentes, incluso en el estrato pequeñoburgués que, sin estar inserto en el empleo profesional, reivindica la economía neoliberal, y una fluctuación permanente en los intereses manifiestos. En términos de las expectativas funcionales, asignadas sistémicamente a ella, la clase media se adecúa, a través del voto de confianza inicial hacia los gobiernos; y se desvía, por la oposición declarada, mas no siempre articulada, ante los defectos que les imputa. Sin embargo, en perspectiva, la dominación social neoliberal sobrevive, pese a los matices de coyuntura. La inestabilidad política de la clase media responde a un decisionismo incoherente antes que a una alteración posicional. El antecedente paradigmático es la sustitución del menemismo por el delarruismo, tomado como un cambio de nombres que habilitaría un cambio estructural, siendo que la principal propuesta electoral había sido mantener el eje de la situación vigente, por caso la Convertibilidad y el endeudamiento público geométrico. Si la estabilidad y el acceso al crédito fueron intereses latentes, manifestados en el triunfo menemista del ‘95; la recuperación de los estándares de consumo fue la gran latencia, manifestada en los triunfos kirchneristas de 2005, tras la Crisis de 2001, y de 2011, frente a la incertidumbre abierta por la muerte de Kirchner. Ahora bien, rechazando con Dahrendorf el principio de una falsa conciencia, queda analizar en otros términos tal inestabilidad. Si el progreso intergeneracional es un mecanismo que, al estabilizar las posiciones individuales, forma grupos colectivos con intereses contradictorios, en relación con la dominación legítima; y si la expectativa de progreso individual positivo, fundado en la apertura de clase, tiende a reducir el conflicto social, la clase media, por su idiosincracia política, asigna a los cambios de elenco gobernante, una capacidad de realización de tal expectativa que, andando el tiempo, muestra sus límites. Límites referidos a sus propios intereses manifiestos y percibidos en sintonía con las otras clases, por lo que la sensación de descuido lleva a la clase media a quitar su confianza al oficialismo de turno. Siguiendo al autor, la cultura de clase, en tanto condicionante psicológico, emerge como abroquelamiento de la clase media. Es lo que Dahrendorf entiende como reducción del compromiso manifiesto en sentido inversamente proporcional a la apertura de clase. Si la clase media detecta una porosidad en sus estratos, que facilita la igualación de la clase inferior con ella, pero no así de ella misma con la clase superior, su compromiso político se quiebra. Esto, asumiendo la internalización de vínculos piramidales comentada al inicio, repercute hasta en los contactos con las otras clases, fenómeno patente en el discurso social.

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    1. 1) Excelente propuesta de lectura de los intereses “latentes” de las clases medias: la Convertibilidad y el endeudamiento público geométrico permitieron proteger la capacidad de acumulación de las clases medias excedentarias, además de facilitar el acceso a bienes importados, turismo, y alimentar así su estilo de vida. La recuperación del empleo y los estándares de consumo perdidos luego del 2001 fue la “gran latencia” que está detrás de los triunfos kirchneristas de 2005 y 2011. Sin embargo el intento de aplicar la conceptualización de intereses latentes y manifiestos no debe hacernos olvidar que en Dahrendorf se reducen a la división funcional de la autoridad y no tanto como condiciones de vida y trabajo. Es para ver con detenimiento toda vez que las clases medias suelen mandar y obedecer simultáneamente. Están en el medio de la división social de la autoridad funcional.

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  7. Pregunta 2: Desde el neomarxismo, Elster (1993) afirma que los individuos tienen siempre interés en mejorar su situación, aislada o colectivamente. En cuanto a objetivos específicos, más que el usufructo de bienes públicos, la clase media aspira al beneficio particular que supone el ascenso social. Pero éste, en el capitalismo, es tendencialmente factible sólo para una minoría. Dando por sentado que la clase media se nutre, en gran medida, de asalariados con ingresos cualitativamente superiores a los de la clase obrera típica, ya que goza de cierta capacidad de ahorro, o renta por credenciales (Wright, 1995); y que, por otra parte, no se define como clase sólo en términos de ingreso y empleo, el ascenso por movilidad social deviene necesidad compartida por sus miembros, y entendida como destino (potencialmente) común. Esto, que empíricamente se traduce en una transferencia de órdenes hacia las posiciones que le son inferiores y de excedentes hacia las superiores, delimita a la clase media en lo que vulgarmente se llama “trabajadores de cuello blanco”. Ahora bien, haciendo a un lado a los empleados del Estado, que, grosso modo, pertenecen diferencialmente a este universo, la traducción política que hace la clase media de sus aspiraciones, la lleva a un derrotero de “ilusión y desencanto”, sobre todo desde los ‘90, debido al “carácter de miopía” (1993:135) inherente a su forma de ver, y actuar en, la estructura social, por la cual, a cada Gobierno incapaz de gestionar una crisis económica (o la crisis de realización de sus expectativas de clase), le es imputada una responsabilidad que, en tales términos, bien puede caberle a otros actores de la sociedad civil, llámense empresas, que flexibilizan la oferta laboral, bancos, que restringen el crédito, mediaciones financieras, que incumplen expectativas individuales de acumulación, etc. La miopía opera inculpando, por la restricción del ascenso social, a dispositivos como la política tributaria, el flujo de divisas, la regulación salarial, etc. Es decir, la clase media cuestiona al agente que, por su capacidad epocal de torcer las tendencias sistémicas, menos peso relativo (directo) tiene en la acumulación de las dotaciones que hacen a ella como clase. Para profundizar, el autor desagrega una de las variables citadas por Marx, para teorizar la cooperación, entre nivel de vida absoluto y relativo, y advierte que, si el primero facilita la comunidad de esfuerzos, aunque impidiendo una homogeneidad de aspiraciones, el segundo incita a la lucha por el cambio de condiciones menores de desigualdad, que por menores se perciben modificables, pero no de las mayores, que son vistas como insuperables. Esto, aplicado a la inestabilidad de sus preferencias, permite sospechar, de la clase media, un aburguesamiento que, si en la arena económica le hace actuar de forma intermitente, con reclamos sumamente concretos, en la arena política le impide adoptar una lucha de clases, es decir, una acción conflictiva, contra otras clases, en función de una aspiración igualmente clasista. Salvando las distancias, remite al reproche de Weber contra los junkers de su tiempo. De hecho, a cada nuevo desencanto, la clase media parece inclinarse hacia los actores que peor estorban su movilidad, el conservadurismo no peronista en el ‘99, la burguesía agrofinanciera durante el conflicto de 2008 y la plutocracia financiera en 2015. Desde el prisma de Elster, si el nivel de vida absoluto crea un sentido común entre los individuos de nuestra clase media, su nivel de vida relativo les hace aspirar a un ascenso sumamente gradual, como si la igualación con la clase alta fuera, desde cierto punto en la escala, imposible. Lo que abre el interrogante sobre si esa percepción está naturalizada, y consecuentemente aceptada, o es resignada, en función de la apreciación errática que, como clase, hace de la política.

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  8. 2) El tema de la miopía tomado de Elster es interesante porque pone en contradicción la percepción de intereses de corto y largo plazo, aunque no deja de tener un aire a “falsa conciencia”. Es certero que en las clases medias es miope inculpar de la restricción del ascenso social a la política tributaria, el crédito externo en divisas, la regulación salarial, etc. Pero también sería miope creer que el destino de ascenso social de las clases medias es el distribucionismo mercadointernista con protección social porque la “matriz de pagos” para ella sería inestable: la distribución deriva en mayor presión fiscal, menor valorización financiera de sus ahorros, restricciones o encarecimiento de los consumos suntuarios, mayor poder de negociación colectivo sindical, menor acceso a las divisas, etc. Por otro lado la especulación financiera permite maximizar ahorros, abaratar consumos importados, aunque genera crisis de empleo y de ingresos del trabajo. La pregunta es válida ¿es miopía o es una contradicción endógena de su propia posición? Seguramente no hay respuestas categóricas.

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Texto de apoyo Unidad V- Aproximaciones al análisis de clase y los antagonismos en las sociedades latinoamericanas contemporáneas

 2 Links para la bibliografía Unidad 5   https://drive.google.com/drive/folders/1fFl4eZkp5OLyNMZZslu7sR1PMLY8p66z?usp=sharing https://drive....