Texto de Apoyo: Neomarxistas, posmarxistas y otros…
Daniel Contartese
John Holloway es uno de los fundadores de
la corriente que se conoce como Marxismo Abierto, ésta no es una escuela
científica o filosófica en los términos académicos tradicionales. Se opone al
marxismo soviético, que convirtió al marxismo en una teoría de Estado, como
también al marxismo estructuralista (apologético de la realidad existente).
Para esta corriente lo importante no es lo científico, sino la crítica. La crítica ad hominen, es decir dar una base humana al contenido de la
crítica. Y para eso es necesario “dudar de todo”, hasta del propio Marx, ya que
también era humano, Por ello se abocan a leer nuevamente sus textos y, a dudar
de ellos. Y la duda tiene un contenido explosivo. Solamente los que dudan de la
apariencia del mundo pueden llegar a conocer realmente el mundo[1].
Para JH el capital es una relación social
y, por lo tanto, también la clase lo es. Por ello es tan importante indagar la
distinción entre fetichismo y fetichización, ya que esa diferencia permite
tener una visión del mundo en términos de dominación
o en términos de lucha. Si el
fetichismo es un hecho establecido con el nacimiento del capitalismo y
continuará existiendo hasta que éste sea destruido, las categorías del marxismo
deben ser entendidas como categorías cerradas, categorías que establecen el
funcionamiento de un modo de dominación. En cambio, si el fetichismo es visto
como un proceso de fetichización, es decir, que las relaciones sociales están y
no están fetichizadas, su producción y reproducción es un proceso antagónico en
el cual la fetichización de dichas relaciones, se opone siempre a tendencias
fetichizantes. En este caso, la dominación capitalista es la lucha por
fetichizar, por lo tanto fetichización y lucha no pueden ser separadas.
Esto es central para el concepto de clase,
ya que la mayoría de las miradas sobre la clase se basan en el presupuesto de
que las formas fetichizadas están preconstituidas. La relación entre capital y
trabajo se toma como si fuera una relación de subordinación. Por ello, la lucha
de clases implica, definir primero a la clase trabajadora y luego ver si lucha
y cómo lo hace. En este enfoque la clase obrera, es definida de esta manera por
estar subordinada al capital y una vez definida puede ser identificada como un
grupo particular de personas, factible de ser tomada como objeto de estudio.
Para JH de aquí surgen una serie de
problemas: hay una cuestión de pertenencia ¿pertenecemos los docentes a la
clase trabajadora? ¿pertenecen a ella los movimientos sociales? ¿las feministas,
son parte de la clase trabajadora?. El segundo problema, es la propia
definición de las luchas, ya que de la clasificación de los grupos que integren
la clase se derivará la caracterización de sus luchas: la definición de clase
especificará el antagonismo que el que define percibe o acepta como válido. Al
definir la clase trabajadora, se la constituye en un “ellos”.
En cambio, si se asume que la
fetichización es un proceso, cambia nuestra visión de la clase. Desde este
punto de vista, el capitalismo es la generación siempre renovada de la clase,
la siempre renovada clasificación de las personas[2]. La
existencia de las clases y su constitución no pueden estar separadas: decir que existen clases es decir que se
encuentran en proceso de estar siendo constituidas.
La constitución de clase debe ser vista
como la separación del sujeto del objeto. El capitalismo es la diaria
repetición de la separación violenta del objeto respecto del sujeto, el diario
arrebato del objeto de su creación, pero también de su acto de creación y de su
creatividad, de su subjetividad, de su humanidad. Este arrebato, esta
separación no es una característica específica del momento de la acumulación originaria, es el corazón
mismo del capitalismo. Por lo tanto, la lucha de clases es la lucha por
clasificar y contra ser clasificado, al mismo tiempo que, inseparablemente, la
lucha entre clases constituidas. Es un incesante y diario antagonismo entre
alienación y desalienación, entre definición y antidefinición, entre
fetichización y desfetichización. No se lucha como clase trabajadora, se lucha
en contra de ser clase trabajadora, en contra de ser clasificados. No habría
nada positivo en ser miembros de esta clase, en ser ordenados, separados de
nuestro producto y de nuestro proceso de producción, de ser separados de
nuestra humanidad.
Cómo funciona el trabajo en la
clasificación. El trabajo puede ser entendido como trabajo alienado (labour) o,
de manera más amplia, como actividad voluntaria y creativa (work). El trabajo
(alienado) es la producción de capital y la producción de capital es la
producción de clases, la clasificación. La producción de capital es, además,
producción de plusvalía, explotación. Si no hubiera explotación, no habría producción
de clases. La explotación no es solo la explotación del trabajo, también es la
transformación de la creatividad humana en trabajo, la simultánea
de-subjetivación del sujeto, la deshumanización de la humanidad. Lo central
entonces, no es el trabajo (alienado), es la creatividad, la cual existe
incluso dentro y más allá del trabajo alienado. Comenzar desde el trabajo
abstracto (como en los estudios sobre el trabajo o el debate sobre el trabajo)
es encerrarse en un mundo fetichizado, donde cualquier proyección de un mundo
alternativo aparece como pura fantasía.
JH señala que el capitalismo requiere una
subordinación cada vez más completa de la humanidad, una clasificación cada vez
más profunda de la existencia, es decir, si la explotación y la deshumanización
que ésta implica no se intensifican constantemente, hay crisis. La crisis
entonces es el resultado de la resistencia general al impulso del capital hacia
una subordinación cada vez más profunda de la humanidad. Por ello, lo que
existe como resistencia a este avance del capitalismo, no es nuestra existencia
como clase trabajadora, sino nuestra lucha en contra de ser clase trabajadora.
Laclau tiene una mirada totalmente
diferente. En primer lugar, para su enfoque teórico es central la noción de
discurso, ya que todo sistema de significación sigue un modo discursivo. Para
ello se debe tener en cuenta que entender un término significa entender la
diferencia con otros términos. Es decir, la significación siempre va a estar
ligada a la noción de diferencia. Asimismo, hace falta definir los límites,
porque si no en un sistema demasiado grande, cada término no va a significar
nada. La posibilidad de un sistema de significación depende de sus límites.
Pero para definir un límite necesito saber qué es lo que está más allá del
límite. Lo único diferente fuera del sistema es aquello que está excluido del
mismo sistema.
Toda identidad es algo diferente pero
también equivalencial. Son equivalentes en cuanto a su rechazo común a la
identidad excluida. Por ejemplo, en el actual gobierno neoliberal, hay varios
grupos diferentes que se encuentran excluidos de él: los trabajadores
informales, los científicos, los docentes universitarios, los pequeños
productores, los mapuches, los trabajadores, etc. Todos son diferentes, pero
son equivalentes en cuanto a su hostilidad común con el gobierno macrista.
Desde el punto de vista de cada uno, son diferentes, pero desde el punto de
vista del régimen son equivalentes.
Si uno de estos elementos, sin dejar de
ser un elemento en particular, asume la representación de la totalidad, es una
relación hegemónica. Todas las demandas deben encontrar un denominador común,
pasando a ser la demanda de algo más amplio, es decir, pasa a ser la demanda
hegemónica. Esa demanda se transforma en el significante vacío. Un elemento
tiene que deshacerse de las características específicas para representar la
totalidad. El pueblo, según Laclau, se constituye cuando hay una cadena de
equivalencias en las demandas. “El pueblo” no constituiría una expresión ideológica,
sino una relación real entre agentes sociales; es decir, el pueblo es una forma
de constituir la unidad del grupo.
Existen dos tipo de oposiciones, la
oposición real: A distinto a B (ej.: el choque de dos autos, cada una de los
elementos tiene una entidad propia y diferente), la oposición lógica: A - no A
(Ej.: esto es un lápiz, esto no es un lápiz). Laclau rechaza que las
estructuras estén definidas por la oposición lógica. Entre el capital y trabajo
existe antagonismo, pero hay que buscarlo en las construcciones discursivas.
Las reacciones ante las adversidades pueden ser diferentes no dependen de las
estructuras. Las clases existen, pero son sólo un discurso más, que no
necesariamente es antagonista. El mero monopolio del discurso no genera de por sí
el triunfo del antagonismo. El discurso no es autosuficiente. Todo discurso
tiene un límite. Además hay hechos que ocurren que los discursos no logran
verbalizar.
Laclau tiende a poner al discurso en el
lugar que los marxistas ortodoxos le daban a la estructura. Pero los discursos
que son verdaderamente importante son aquellos que cambian el discurso.
Para finalizar de definir el populismo se
deben tomar en cuenta tres aspectos:
1.
Por
“populismo” no es un tipo de movimiento sino una lógica política. La lógica
social es entendida como un sistema de enunciaciones, de reglas donde algunos
objetos son representables y otros son excluidos. Las lógicas políticas están
relacionadas con la institución de lo social y éstas surgen de las demandas
sociales y, por lo tanto, son inherentes a cualquier proceso de cambio social.
Este cambio se produce mediante la articulación de la equivalencia y la
diferencia y el momento equivalencial presupone un sujeto político global que
reúne un conjunto de demandas sociales. Y esto a su vez implica la conformación
de nuevas fronteras internas y la identificación de un “otro”
institucionalizado.
2. Si la
construcción del pueblo es una construcción radical, la heterogeneidad de las
demandas va a seguir existiendo. El momento de la unidad se dará en el nivel
nominal y no en el conceptual y por ello los límites de las demandas que va a
abarcar y las que va a excluir se van a desdibujar y van a dar lugar a un
cuestionamiento permanente. Por ello, un discurso populista siempre va a ser
impreciso y fluctuante. También hay que tener en cuenta la cuestión del afecto,
éste significa una discontinuidad radical entre un objeto y otro.
3. Sólo
cuando una demanda particular no está satisfecha es que puede establecerse la
solidaridad con otras demandas insatisfechas, es decir sin la presencia activa
de lo particular no podría haber cadena equivalencial.
En su crítica a Laclau, Zizek lleva
adelante una significativa defensa de un retorno a la politización de la
economía, contra los teóricos que descartan su prioridad política proponiendo
que no hay otra más importante o fundamental. Esto no supone una defensa del
determinismo económico, ni una defensa dogmatica de la lucha de clases. De esta
manera critica las posiciones teóricas de quienes se olvidan o dejan de lado la
lucha anticapitalista y se contentan con una lucha reformista por ampliar
derechos, radicalizar la democracia y corregir un poco la distribución del
ingreso.
Por ello realiza una crítica al
culturalismo. Todas las reivindicaciones que son, según Z culturales
(feminismo, ecologismo, etc.) en última instancia lo que han hecho es
naturalizar y consolidar el capital. Y esto es no ir a la raíz de los problemas
de nuestra época.
Con respecto a la discusión con Laclau,
habría que señalar que se oponen dos posiciones. Una que señala que es
necesario partir de las diferentes luchas sociales, de la pluralidad de las
luchas sociales, que sería el caso de Laclau. Es decir, las grietas del sistema
se diseminan y generan un malestar difuso. En cambio Zizek dice que, más allá
de esa pluralidad de descontentos, más allá de estos movimientos plurales y
diversos, hay una fuerza prioritaria que sería la de la clase obrera. Se podría
resumir de la siguiente forma: primacía, prioridad o privilegio de la clase
trabajadora versus diferentes movimientos sociales y luchas dispersas y
fragmentadas. La tesis de Zizek es que justamente por no dar el paso al
concepto de clase, esas luchas terminan siendo inoperantes, funcionales al
sistema. La lucha del ecologista que quiere tener manzanas ecológicas termina
siendo funcional y estructural del sistema. La lucha feminista que reivindica
una identidad femenina y que aísla ese movimiento en relación con otras luchas
también se termina convirtiendo en una defensa progre de un feminismo elitista
que deja de conectar con otras luchas. Y así sucesivamente.
Otra diferencia central entre ambos
autores es entre la posición que parte de la pluralidad o que trata de
construir la totalidad, la cartografía de totalidad, desde las diferentes luchas
sociales y el planteamiento que ya de entrada se ubica dentro de una
cartografía de la totalidad. La forma de entender la totalidad en un marco u
otro. Para ello es importante recordar el concepto de hegemonía gramsciano, que
implica la articulación de un bloque histórico entorno una clase dirigente y no
la simple adición no diferenciada de la categoría de descontentos. La necesaria
formulación de un proyecto político capaz de solucionar una crisis histórica de
la nación y del conjunto de las relaciones sociales. La discrepancia entre Zizek
y Laclau se debe al lugar protagónico o no de la clase. Si esas luchas sociales
o esa articulación de las luchas sociales tienen que sintetizarse bajo el
paraguas de la clase o si más bien hay que luchar y hay que hacer política
desde la articulación de diferentes malestares o descontentos. Como vimos para Laclau
la categoría de clase no es imprescindible, sino la multiplicación de las
identidades representadas por los nuevos movimientos sociales e escribiéndolos
en una cadena enumerativa, el proletariado pasaría a convertirse en un simple
eslabón de la cadena y por lo tanto, perdería su papel protagónico. Señala que la
aparición de los movimientos sociales han quebrado de manera irreversible el
privilegio de la clase trabajadora para liderar el proceso. Zizek no entiende
que haya que dar ese paso hegemónico, porque considera que tal paso le hace el
caldo gordo al capitalismo. Piensa que abrir el espacio hegemónico, al estilo
de Mouffe y Laclau, es erróneo porque ésta apertura nunca logra convertirse en
una lucha realmente anticapitalista, y por tanto legitima y actúa como
distracción a la espera de una política que se ocupe de lo realmente
importante: la lucha de clases. Por esto dice Zizek: no acepto que los
distintos elementos que se producen en la lucha por la hegemonía sean en
principio equivalentes. Es decir, no acepto que la lucha GTBI, la lucha
feminista sea comparable a la lucha de la clase trabajadora. Si se soluciona la
lucha de la clase obrera se terminarán arreglando las luchas restantes. Siempre
habrá un elemento, o una parte de la cadena, que la sobredetermine. Ésta
contaminación del universal por el particular es más fuerte que la lucha por la
hegemonía. Zizek señala que todos estos nuevos movimientos sociales y
culturales, y todas sus reivindicaciones, al ser reivindicaciones de estilos de
vida ya enmarcados por el sentido común del capitalismo, no ayudan a salir de
él. No se puede promover ninguna articulación de malestares que pueda generar
un cambio social, porque toda esa articulación, en tanto que cultural, no hace
otra cosa que reforzar el sistema. Tal situación se produce porque el sentido
común, el sentido ideológico, ya está determinado por el capitalismo.
Por su parte, Meiksins Wood realiza una
crítica a lo que llama “nuevo socialismo verdadero” (NSV) representado por
autores como Laclau y Mouffe, Hindess y Hirst y Stedman Jones que señalan que
es la estructura discursiva del lenguaje político la que concibe y define el
interés en primera instancia. Ellos afirman que los intereses materiales no
existen de manera independiente, sino que se construyen a partir de la
ideología y de la política, esto supone que los intereses materiales como tales
no existen y tampoco existiría el concepto de clases. Pero MW señala que aún
cuando no exista ningún tipo de ideología, programa o lenguaje político
identificado con los intereses de los trabajadores, esto no cambia la
naturaleza explotadora de la relación, ni tampoco cambia que sea mejor no ser
explotado que serlo. Por ello, si los intereses materiales existen, queda el
problema de cómo puede traducirse en términos políticos.
Según los pensadores del NSV
históricamente ha habido una escasa conexión entre las condiciones materiales y
las fuerzas políticas y si han existido ha sido de manera coyuntural. También
dan a entender que no es necesaria la existencia de una conexión entre las
condiciones materiales y las fuerzas políticas. Y además no parece haber
objetivos políticos que exijan la movilización de fuerzas políticas basadas en
clases sociales. Es decir, dado que las clases no tienen intereses y no son
actores políticos, es posible elaborar una estrategia socialista sin hacer
referencia a los intereses y a la lucha de clases. Si analizamos las luchas
históricas de la clase obrera ¿hace falta aclarar que los trabajadores tienen
un interés por no ser explotados? o ¿qué tal interés entra en conflicto con los
intereses de los que lo explotan? La ausencia de discursos de clase explícitos
no es la prueba de una ausencia de realidades clasistas y de los efectos que
esto tiene en la formación de sus condiciones de vida.
Para MW la propuesta de no correspondencia
entre la política y las condiciones económicas no logra desafiar el principio
de que el camino para llegar al socialismo es la autoemancipación de la clase
obrera por medio de la lucha de clases.
[1] Bonnet, Holloway y Tischler
(comp.) (2005):
Marxismo Abierto: Una visión europea y latinoamericana. Tomo I, Ediciones
Herramienta, Buenos Aires.
[2]
“El proceso capitalista de
producción, considerado en su interdependencia o como proceso de reproducción,
pues, no sólo produce mercancías, no sólo produce plusvalor, sino que produce y
reproduce la relación capitalista misma: por un lado el capitalista, por otro
el asalariado”. Marx, K. El Capital, Vol.I Siglo XXI editores, México.
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